La hiperconexión ha dejado de ser una tendencia para convertirse en una realidad cada vez más preocupante para los expertos en salud mental.
El uso de los móviles, las redes sociales, videojuegos y plataformas digitales está dando pie a una nueva dependencia. La adicción a la tecnología es un problema cada vez más frecuente, y en muchos casos no se llega a diagnosticar.
Las cifras reflejan la importancia de hablar de este tema. El 92,5% de los adolescentes ya participa en redes sociales, cerca de un 6% presenta un uso problemático y aproximadamente uno de cada cinco pasa más de cinco horas diarias conectado durante los fines de semana. Además, la edad de acceso al primer teléfono móvil continúa bajando y se sitúa ya en torno a los 10,8 años, lo que implica una exposición cada vez más temprana.
En la Clínica Recal, un centro especializado en adicciones, advierten de que este fenómeno ya tiene un impacto directo en la salud emocional, social y física. “Estamos ante una adicción silenciosa, socialmente normalizada, pero con consecuencias muy reales”, explica María Quevedo, directora de tratamiento del centro. Entre las señales de alerta señala la pérdida de control, el aislamiento social o la ansiedad cuando no se tiene acceso al dispositivo.
La dependencia compulsiva de la tecnología, denominada tecnofilia, se caracteriza por la necesidad de permanecer en constante conexión. Algunos factores que la impulsan son la búsqueda de gratificación inmediata a través de notificaciones o “likes”, la evasión emocional y el diseño de las propias aplicaciones, concebidas para captar y retener la atención del usuario. Sus manifestaciones incluyen desde el uso problemático de redes sociales o videojuegos hasta la nomofobia, es decir, el miedo irracional a estar sin el móvil.