Lejos de ser un estado de inactividad, la noche es el escenario de una de las operaciones de mantenimiento más cruciales de la biología: la reparación del ADN celular.
En este proceso invisible, dos directores de orquesta biológicos coordinan cada movimiento: el ritmo circadiano (nuestro reloj interno de 24 horas) y la melatonina (la conocida «hormona del sueño»). Juntos, actúan como un equipo de ingenieros que aprovecha la oscuridad para corregir los errores genéticos acumulados durante el día.
El reloj biológico: cronometrando la reconstrucción celular
Nuestras células están sometidas a un estrés constante. La exposición a la radiación solar, la contaminación, una mala alimentación y el propio metabolismo generan radicales libres que dañan la doble hélice de nuestro ADN. Si este daño no se repara, puede provocar mutaciones que deriven en un envejecimiento acelerado o en enfermedades graves como el cáncer.
Afortunadamente, la evolución nos ha dotado de un sistema de sincronización perfecto: el núcleo supraquiasmático (NSQ), una estructura en el cerebro que actúa como reloj central. Este reloj dicta cuándo es momento de estar alerta y cuándo de restaurarse.
Durante el día, las células se centran en obtener energía y realizar sus funciones cotidianas. Por la noche, bajo el mando del ritmo circadiano, los recursos energéticos se redirigen hacia la maquinaria de reparación. Diversas enzimas encargadas de «cortar y pegar» los segmentos de ADN dañados alcanzan su pico de actividad precisamente durante las horas de oscuridad. Es una estrategia de eficiencia energética: reparar cuando no se está utilizando el sistema.
Fuente: noticiasdelaciencia.com