Los últimos años, una sorprendente aliada ha emergido en el campo de la medicina regenerativa: la estimulación eléctrica.
Lo que antes parecía una idea de ciencia ficción —usar electricidad para reparar el cuerpo humano— hoy se consolida como una prometedora técnica para acelerar la curación de heridas y reducir complicaciones en pacientes con lesiones crónicas.
El cuerpo humano genera de forma natural campos eléctricos bioactivos cuando se produce una herida. Estas microcorrientes orientan el movimiento de las células encargadas de cerrar el tejido dañado, como los queratinocitos, fibroblastos y macrófagos. Sin embargo, cuando el proceso natural falla —como ocurre en úlceras diabéticas o heridas quirúrgicas que no cicatrizan— la estimulación eléctrica externa puede “recordarle” al cuerpo cómo curarse.
Diversos estudios han demostrado que aplicar una corriente eléctrica controlada sobre la zona lesionada puede:
Acelerar la migración celular hacia el área dañada.
Favorecer la formación de nuevos vasos sanguíneos (angiogénesis).
Incrementar la producción de colágeno, clave para reconstruir la piel.
Reducir la inflamación y el riesgo de infección.
En términos simples, la electricidad “reorganiza” la actividad biológica del tejido y estimula su regeneración.
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