Durante los meses más fríos, los ojos están sometidos a cambios ambientales muy bruscos que alteran su equilibrio natural. El frío, el viento y los ambientes interiores excesivamente secos comprometen la estabilidad de la película lagrimal, lo que puede derivar en molestias que muchas veces pasan desapercibidas.
«Reconocer estos síntomas y adoptar medidas preventivas es esencial para mantener una buena salud visual durante el invierno», afirma Ana Díaz, óptica y directora de Formación de Alain Afflelou.
Así puede afectar a tus ojos el invierno:
Aumento de la sequedad ocular: Las bajas temperaturas y la exposición al viento favorecen la evaporación de la película lagrimal, la capa que protege y lubrica la superficie del ojo. Cuando esta se altera, aparecen síntomas como sensación de arenilla, picor, fatiga visual o tirantez, especialmente durante actividades prolongadas en exteriores.
Irritación derivada de los cambios de temperatura: Alternar repetidamente entre el frío del exterior y el ambiente cálido generado por la calefacción en interiores provoca un estrés térmico en la superficie ocular. Este contraste contribuye a una mayor sequedad y puede desencadenar enrojecimiento, escozor o molestias persistentes.
Mayor sensibilidad a la luz: En invierno, la radiación solar puede resultar más incómoda para los ojos, en especial en días despejados o en zonas con nieve, donde la luz se refleja y aumenta su intensidad. Esta situación es especialmente relevante para quienes practican deportes de invierno como el esquí o el snowboard, ya que la exposición prolongada puede acentuar la fotofobia, generar deslumbramientos y provocar sensación de fatiga ocular.