Hay aprendizajes que difícilmente caben en un manual de liderazgo. Saber cuándo insistir, cuándo hacer una pausa, cómo reaccionar ante un imprevisto o de qué manera mantener la concentración cuando las cosas no salen como estaban planeadas son habilidades que se construyen con la experiencia. Y, en algunos casos, también con actividades que suceden lejos del entorno laboral.
Para Mónica Reyes Fuchs, el ejercicio se convirtió precisamente en uno de esos espacios. A través de la constancia y la repetición, comenzó a identificar comportamientos que después también aparecían en su vida profesional. La disciplina del entrenamiento no se quedó en la rutina física: terminó influyendo en la forma de enfrentar desafíos y relacionarse con los demás.
“No fue algo que buscara desde el principio. Simplemente empecé a notar que reaccionaba con más calma, que escuchaba más y que era más constante cuando aparecían los retos”, explica Mónica Reyes Fuchs.
Del esfuerzo físico a la gestión de los retos
Una de las particularidades del ejercicio es que obliga a convivir con la incomodidad. Hay momentos en los que una rutina exige un esfuerzo adicional y otros en los que resulta necesario modificarla. Aprender a distinguir entre ambos escenarios puede ser una práctica útil también fuera del gimnasio.
En el trabajo, los proyectos pueden enfrentar retrasos, los equipos pueden cambiar de prioridades y las estrategias pueden necesitar ajustes. Frente a esas situaciones, mantener la perspectiva puede ser tan importante como actuar rápidamente.
“Entrenar me enseñó que no todo se resuelve acelerando. Muchas veces avanzar consiste en mantener el ritmo, respirar y seguir, aunque el resultado no llegue de inmediato”, comenta Mónica Reyes Fuchs.
Esta idea conecta con algunas de las llamadas soft skills: adaptabilidad, comunicación, autocontrol, colaboración y capacidad para resolver problemas. Son habilidades difíciles de medir de la misma manera que un conocimiento técnico, pero forman parte de la dinámica cotidiana de cualquier equipo.
La actividad física puede contribuir además al bienestar psicológico. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, mantener una actividad física regular se relaciona con beneficios para la salud mental y puede ayudar a reducir síntomas de ansiedad y depresión.
La constancia como una forma de liderazgo
El ejercicio también tiene una particularidad: los resultados suelen depender más de la continuidad que de una sesión aislada. Una sola rutina puede ser significativa, pero es la repetición de pequeños esfuerzos la que permite construir cambios a largo plazo.
En el ámbito profesional ocurre algo parecido. La confianza dentro de un equipo no se construye únicamente con una buena decisión, sino con comportamientos consistentes: cumplir acuerdos, escuchar, reconocer errores y mantener una comunicación clara.
Mónica Reyes Fuchs encuentra precisamente ahí uno de los vínculos más importantes entre el entrenamiento y el liderazgo. “Cuando eres constante contigo mismo, también resulta más sencillo ser consistente con las personas que trabajan contigo. Creo que el ejercicio me ayudó mucho a desarrollar esa parte”, señala.
Además, la actividad física ha sido estudiada por su posible relación con funciones cognitivas como la atención, la planificación y el control de impulsos. Harvard Medical School también ha señalado beneficios del ejercicio relacionados con la memoria y el pensamiento.
Esto no significa que hacer ejercicio convierta automáticamente a alguien en un mejor líder. La experiencia profesional, la preparación, el conocimiento y la capacidad para trabajar con otras personas siguen siendo fundamentales. Sin embargo, el entrenamiento puede funcionar como un espacio cotidiano para practicar algunas conductas que después resultan valiosas en otros contextos.
En el caso de Mónica Reyes Fuchs, esa conexión surgió sin que fuera el objetivo inicial. Una rutina pensada para cuidar el cuerpo terminó dejando aprendizajes sobre paciencia, disciplina y manejo de la presión. Porque, al final, liderar a otras personas también implica una tarea previa: aprender a reconocer los propios límites, sostener el esfuerzo y saber cuándo es momento de cambiar el ritmo.
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