La proliferación de tecnologías digitales ha incorporado nuevos hábitos y ventajas en la vida cotidiana y el trabajo, pero también ha dado lugar al tecnoestrés, definido como un padecimiento de adaptación asociado a la incapacidad de manejar de manera saludable los dispositivos.
Este fenómeno, conocido desde hace dos décadas en países industrializados y recién identificado de manera más amplia en México, se ha convertido en una de las principales inquietudes de la vida moderna, ya que puede producir alteraciones fisiológicas y psicológicas relevantes a cualquier edad y en cualquier entorno.
Los cambios rápidos en las Tecnologías de Información y Comunicación han transformado modelos productivos y revolucionado la rutina en empresas grandes y Pymes, afectando los ritmos de trabajo y elevando el riesgo de enfermedades asociadas al estrés. De acuerdo con la información publicada por UNAM Global, la exigencia de estar siempre conectados para interactuar con proveedores o clientes, independientemente del dominio de la tecnología, ya es una necesidad obligatoria para la subsistencia empresarial.
Las pequeñas y medianas empresas, al depender de una comunicación intensa y permanente, enfrentan presiones adicionales. La presencia de miles de opciones tecnológicas —desde teléfonos celulares y laptops, hasta lavadoras con funciones avanzadas— representa el primer escenario generador de estrés: la dificultad para elegir el dispositivo adecuado.
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