Tamara Rubilar no pensaba en crear una empresa cuando empezó a investigar erizos de mar. Bióloga e investigadora del Conicet en Puerto Madryn, su trabajo estaba enfocado en la investigación de base. Pero una situación personal, el nacimiento de su segundo hijo, cambió su rumbo académico.
“Le recetaban corticoides a mi bebé y otros fármacos que yo sabía que a largo plazo le iban a hacer daño. Ahí empecé a buscar alternativas”, recuerda. Y ese fue el motor de toda la historia.
Tamara Rubilar, la científica que transformó su lucha: del diagnóstico familiar al desarrollo científico
Doctora en Biología por la Universidad Nacional del Comahue, investigadora del Conicet y docente en la Universidad Patagónica San Juan Bosco, Tamara y su marido iniciaron un largo camino para encontrar el diagnóstico: una enfermedad autoinmune de origen desconocido que le provocaba a su pequeño hijo alergias alimentarias y respiratorias severas, con episodios frecuentes y necesidad de medicación constante.
A partir de la literatura científica y el contacto con investigadores del exterior, Rubilar comenzó a explorar compuestos presentes en los erizos de mar. Un paper internacional fue la pieza que faltaba: “Un colega me envió un artículo de investigadores rusos que trabajaban con pigmentos de erizos. Vimos que una especie de nuestro mar, la Arbacia dufresnii que habita en el Atlántico Sur, tenía concentraciones altísimas de esos compuestos”, explica. Sobre esa base, inició la extracción de antioxidantes con un potencial antiinflamatorio inédito.
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